El Proyecto 1619, del New York Times: una falsificación racialista de la historia estadounidense y mundial—Parte 2

por Niles Niemuth, Tom Mackaman y David North
16 septiembre 2019

Primera parte|Segunda parte

Los Estados Unidos viró de una crisis a otra en las siete décadas que separaron la aprobación de la Constitución y la elección del presidente George Washington en 1789 de la toma de posesión de Abraham Lincoln y el estallido de la Guerra Civil en 1861. Ninguno de los reiterados compromisos que intentaron equilibrar al país entre estados esclavistas y libres, del Compromiso de Missouri de 1820 a la Ley de Kansas-Nebraska en 1854, pudieron resolver el problema definitivamente.

Conviene tener en cuenta que los 87 años de historia invocados por Lincoln cuando habló en Gettysburg en 1863 constituyen el mismo lapso de tiempo transcurrido entre nuestro presente y la elección de Franklin Delano Roosevelt en 1932. Las explosivas tendencias socio-económicas que acabarían con todo el sistema económico de la esclavitud se desarrollaron y estallaron en este período de tiempo relativamente concentrado.

La fundación de los Estados Unidos puso en marcha una crisis que culminó en la Guerra Civil, la segunda Revolución estadounidense, en la que cuentos de miles de blancos dieron su vida para poner fin a la esclavitud. Cabe destacar que este no fue un resultado accidental, y mucho menos inconsciente, de la Guerra Civil. Al final, la guerra desembocó en la mayor expropiación de propiedad privada en la historia, sin par hasta la Revolución rusa de 1917, cuando la clase trabajadora, liderada por el Partido Bolchevique, tomó el poder del Estado por primera y, hasta ahora, única vez en la historia universal.

Primera lectura de la Proclamación de Emancipación del presidente Lincoln, Francis Bicknell Carpenter, 1864

Hannah-Jones no ve a Lincoln como el “Gran Emancipador”, como lo llamaron los esclavos liberados en los años 1860, sino como un común y silvestre racista que consideraba que “los negros era el obstáculo para la unidad nacional”. La autora simplemente desecha las palabras del propio Lincoln—por ejemplo, el discurso de Gettysburg y el magistral segundo discurso inaugural—y los libros escritos por historiadores como Eric Foner, James McPherson, Allen Guelzo, David Donald, Ronald C. White, Stephen Oates, Richard Carwardine y muchos otros que comprueban el surgimiento de Lincoln como un líder revolucionario totalmente comprometido con la abolición de la esclavitud.

Pero un retrato honesto de Lincoln contradiría la afirmación de Hannah-Jones de que “los negros estadounidenses pelearon solos” para “hacer de América una democracia”. También lo haría una sola mención, en cualquier lugar de la revista, a los 2.2 millones de soldados de la Unión que pelearon y los 365,000 que murieron para abolir la esclavitud.

Asimismo, se borra el carácter interracial del movimiento abolicionista. Los nombres William Lloyd Garrison, Wendell Phillips, Elijah Lovejoy, John Brown, Thaddeus Stevens y Harriet Beecher Stowe, entre otros, no aparecen en su ensayo. Se cita selectivamente a un par de abolicionistas por sus críticas a la Constitución, pero Hannah-Jones se permite omitir que para el movimiento antiesclavista la Declaración de Independencia de Jefferson era, en palabras del historiador David Brion Davis, su “piedra de toque, la sagrada escritura”.

William Lloyd Garrison

Hannah-Jones y los otros colaboradores del Proyecto 1619—que alegan que la esclavitud fue el único “pecado original” de los Estados Unidos y desacreditan a la Revolución estadounidense y la Guerra Civil como conspiraciones elaboradas para perpetuar el racismo blanco—tienen poco para agregar sobre el resto de la historia estadounidense. Nada cambió jamás. La esclavitud fue reemplazada por la segregación de Jim Crow que, a su vez, dio paso a la condición permanente de racismo que es el destino inevitable de ser un “estadounidense blanco”. Todo se remonta a 1619 y “la raíz de racismo endémico que no podemos extirpar de esta nación hasta el día de hoy”. [1] [énfasis añadido]

Esto no es solo un “replanteo” de la historia. Es un ataque y una falsificación que ignora más de medio siglo de investigación. No existe el menor indicio de que Hannah-Jones (o alguno de sus coautores) haya oído hablar, y mucho menos leído, del trabajo de Williams, Davis o Peter Kolchin sobre la esclavitud; el de Bernard Bailyn y Gordon Wood sobre la revolución estadounidense, el de James McPherson sobre las concepciones políticas que motivaron a los soldados de la Unión; el de Eric Foner sobre la Reconstrucción; el de C. Vann Woodward sobre la segregación de Jim Crow; o el de James N. Gregory o Joe William Trotter sobre la Gran Migración.

Lo que queda fuera del cuento moral racialista del Times es impresionante, incluso desde la perspectiva privilegiada de la investigación afroestadounidense. La invocación del racismo blanco toma el lugar de cualquier análisis concreto de la historia económica, política y social del país.

No hay un estudio del contexto histórico, sobre todo del desarrollo de la lucha de clases, dentro de la cual se desarrolló la lucha de la población afroestadounidense en el siglo que siguió a la Guerra Civil. Y no hay referencia a la transformación de los Estados Unidos en un coloso industrial y el país imperialista más poderoso entre 1865 y 1917, el año de su entrada en la Primera Guerra Mundial.

Mientras el Proyecto 1619 y su grupo de autores acomodados encuentran en la explotación laboral de la esclavitud un talismán para explicar toda la historia, pasan por alto con un silencio ensordecedor la explotación inherente al trabajo asalariado.

Un lector del Proyecto 1619 no sabría que la lucha contra la mano de obra esclava dio paso a una lucha violenta contra la esclavitud asalariada, en la que innumerables obreros fueron asesinados. No hay referencia a la gran huelga ferroviaria de 1877, que se extendió como reguero de pólvora desde los ferrocarriles de Baltimore hasta St. Louis y que fue reprimida por el despliegue de tropas federales, o al surgimiento de los Caballeros del Trabajo, la pelea por la jornada de ocho horas y la revuelta de Haymarket, la huelga de Homestead de 1892, la huelga de Pullman de 1894, la formación de la AFL, la fundación del Partido Socialista, el surgimiento de IWW, la masacre de Ludlow, la gran huelga del acero de 1919, las innumerables luchas laborales tras la Primera Guerra Mundial, y el surgimiento del CIO y las huelgas industriales masivas de los años 1930.

Trabajadores de la compañía Pullman hacen huelga en 1894 (Crédit: Hoosier State Chronicles)

En síntesis, no hay lucha de clases y, por tanto, no hay una historia real de la población afroestadounidense y de los hechos que convirtieron a una población de esclavos liberados en una sección crítica de la clase trabajadora. Al reemplazar la historia real con una narrativa racial mítica el Proyecto 1619 ignora el verdadero desarrollo social de la población afroestadounidense en los últimos 150 años.

Los autores no discuten en ninguna parte sobre la Gran Migración entre 1916 y 1970, en la que millones de negros y blancos se desarraigaron del Sur rural y se trasladaron para conseguir trabajo en áreas urbanas de los EE.UU., sobre todo en el Norte industrializado. James P. Cannon, el fundador del trotskismo estadounidense, capturó las implicaciones revolucionarias de este proceso, tanto para los trabajadores afroestadounidenses como blancos, con su prosa inimitable:

El capitalismo estadounidense tomó a cientos de miles de negros del Sur y, explotando su ignorancia y su pobreza y sus miedos y su impotencia individual, los arreó a las fábricas siderúrgicas como rompehuelgas en la huelga de acero de 1919. Y en el breve espacio de una generación, por su maltrato, abuso y explotación de estos inocentes e ignorantes rompehuelgas negros, este mismo capitalismo logró transformar a ellos y a sus hijos en uno de los destacamentos más militantes y confiables de la gran y victoriosa huelga de acero de 1946.

Este mismo capitalismo tomó a decenas de miles y cientos de miles de montañeses sureños con prejuicios, muchos de ellos miembros y simpatizantes del Ku Klux Klan; y pensando en usarlos, con su ignorancia y sus prejuicios, como barrera contra el sindicalismo, los arrastró a las fábricas de automóviles y caucho de Detroit, Akron y otros centros industriales. Allí los hizo sudar, los humilló, los condujo y explotó hasta que finalmente los cambió y convirtió en hombres nuevos. En esa dura escuela los sureños importados aprendieron a intercambiar la insignia del KKK por el prendedor sindical del CIO, y a convertir la cruz ardiente del miembro del Klan en una hoguera para calentar piquetes en la puerta de la fábrica. [2]

Hacia 1910 casi el 90 por ciento de los afroestadounidenses vivía en los antiguos estados esclavistas, abrumadoramente en condiciones de aislamiento rural. En los años 1970 estaban muy urbanizados y proletarizados. Los obreros negros habían pasado por las experiencias de las grandes huelgas industriales, junto con los blancos, en ciudades como Detroit, Pittsburgh y Chicago. No es un accidente histórico que el movimiento por los derechos civiles surgiera en el Sur en Birmingham, Alabama, centro de la industria del acero y foco de las acciones de los trabajadores comunistas, tanto negros como blancos.

La lucha del trabajo asalariado contra el capital en el lugar de producción unió a los obreros a través de las fronteras raciales. Entonces, en la retórica febril del político de Jim Crow, el movimiento por los derechos civiles fue equiparado con el comunismo y el miedo a la “mezcla de razas”—o sea, que las masas trabajadoras, negros y blancos, se unieran en torno a sus intereses comunes.

Tres mineros de carbón de la Lorain Coal Dock Company en Lorado, West Virginia en 1918

Así como descarta la historia de la clase trabajadora, el Proyecto 1619 no proporciona historia política. No se tiene en cuenta el papel jugado por el Partido Demócrata, una alianza de industrialistas norteños y políticos al servicio de la maquinaria, por un lado, y la esclavocracia sureña y los políticos de Jim Crow, por otro, que enfrentó conscientemente a los obreros blancos y negros entre sí avivando el odio racial.

En los numerosos artículos que conforman el Proyecto 1619 el nombre Martin Luther King, Jr. aparece una sola vez, y luego apenas en el pie de una foto. La razón de esto es que la perspectiva política de King era opuesta a la narrativa racialista promovida por el Times. King no condenó a la Revolución estadounidense y la Guerra Civil. Él no creía que el racismo era una característica permanente de la “blancura”. Pidió la integración de negros y blancos y se puso como objetivo la disolución final de la raza. Puesto en la mira y acosado como “comunista” por el FBI, King fue asesinado tras poner en marcha la interracial Campaña de los Pobres y anunciar su oposición a la guerra de Vietnam.

King alentó la participación de activistas blancos de derechos civiles, varios de los cuales perdieron su vida en el Sur, incluyendo a Viola Liuzzo, la esposa de un organizador sindical de camioneros en Detroit. Su declaración tras los asesinatos de los tres jóvenes trabajadores de derechos civiles en 1964, Michael Schwerner, James Chaney y Andrew Goodman (de los cuales dos eran blancos) fue una apasionada condena al racismo y la segregación. Claramente, King no encaja en la narrativa de Hannah-Jones.

Martin Luther King, Jr. alzando una foto de Schwerner, Chaney y Goodman en una conferencia de prensa en 6 de diciembre de 1964

Pero, en su omisión más significativa y reveladora, el Proyecto 1619 no dice nada sobre el hecho que provocó el mayor impacto en la condición social de los afroestadounidenses—la Revolución rusa de 1917. Esto no solo despertó e inspiró a amplios sectores de la población afroestadounidense—incluyendo a innumerables intelectuales, escritores y artistas negros, como W.E.B. Du Bois, Claude McKay, Langston Hughes, Ralph Ellison, Richard Wright, Paul Robeson y Lorraine Hansberry—sino que socavó las bases políticas del apartheid racial estadounidense.

Dada la narrativa nacionalista-negra del Proyecto 1619, puede sorprender que en ningún lado aparezcan Malcolm X y las Panteras Negras. A diferencia de los nacionalistas negros de los años 1960, Hannah-Jones no condena al imperialismo estadounidense. Ella se jacta de que “nosotros [los afroestadounidenses] somos el grupo racial más propenso a servir en el ejército de los Estados Unidos”, y celebra el hecho de que “nosotros” hemos peleado “en cada guerra librada por esta nación”. Hannah-Jones no señala este hecho de manera crítica. No condena la creación de un ejército “voluntario” cuyos reclutadores se aprovechan de una juventud minoritaria y pobre. No hay indicio de que Hannah-Jones se oponga a la “guerra contra el terror” y las intervenciones brutales en Irak, Libia, Yemen, Somalia y Siria—todas apoyadas por el Times —que han matado y dejado sin hogar a más de 20 millones de personas. En este tema, Hannah-Jones es notablemente “ciega al color”. Ella ignora, o simplemente es indiferente, a los millones de “personas de color” masacrados por la máquina de guerra de EE.UU. en Medio Oriente, Asia Central y África.

La tóxica política de la identidad que subyace a esta indiferencia no sirve a los intereses de la clase obrera en EE.UU. ni en otro lugar, pues esta depende para su supervivencia de la unificación a través de las fronteras raciales y nacionales. Sí sirve, empero, a los intereses de clase de los sectores privilegiados de la clase media-alta estadounidense.

En un pasaje revelador al final de su ensayo, Hannah-Jones declara que desde los años 1960 “los estadounidenses negros han hecho un progreso asombroso, no solo para nosotros sino también para todos los estadounidenses”. Ella no habla aquí por su “raza”, sino por una capa pequeña de la élite afroestadounidense, beneficiarios de las políticas de acción afirmativa, que llegaron a la madurez política en los años previos al gobierno de Barack Obama y durante el mandato del primer presidente negro de los Estados Unidos.

Presidente Barack Obama (Foto oficial de la Casa Blanca de Pete Souza)

Un análisis de 2017 de datos económicos halló niveles extremos de desigualdad social dentro de los grupos raciales. Entre quienes se identifican como afroestadounidenses el 10 por ciento más rico controlaba el 75 por ciento de toda la riqueza; durante el mandato de Obama el 1 por ciento más rico aumentó su porción de riqueza entre todos los afroestadounidenses de 19.4 por ciento a 40.5 por ciento. Mientras tanto, se estima que la mitad más pobre de los hogares afroestadounidenses tienen riqueza cero o negativa.

Mientras se ha cultivado deliberadamente una capa muy estrecha de millonarios y multimillonarios negros en respuesta a los disturbios masivos de los años 1960 y 1970, las condiciones para los afroestadounidenses de clase trabajadora son peores que hace 40 años. Este ha sido el período de desindustrialización, de cierre sistemático de fábricas de automóviles, acero y otras ramas a lo largo y ancho de los Estados Unidos, arrasando ciudades de clase obrera como Detroit, Milwaukee y Youngstown, en Ohio.

Las mayores ganancias sociales de los obreros en las amargas luchas del siglo XX fueron revertidas para transferir una inmensa cantidad de riqueza del 90 por ciento más pobre de la población a la cúspide. La pobreza, disminución de la esperanza de vida, las muertes por desesperación y otras formas de miseria social están reuniendo a los trabajadores de todos los orígenes raciales y nacionales.

No es coincidencia que la promoción de esta narrativa racial de la historia estadounidense por parte del Times, portavoz del Partido Demócrata y de las capas privilegiadas de clase media-alta a las que aquel representa, se produzca en medio del crecimiento de la lucha de clases en EE.UU. y el resto del mundo.

A principios de este año, trabajadores de autopartes en Matamoros, México, convocaron a sus pares estadounidenses, blancos y negros, a unirse a ellos en huelgas espontáneas. En todo el Sur, obreros negros, blancos e hispanos tomaron en conjunto medidas de huelga contra AT&T, el gigante de las telecomunicaciones. En Tennessee, vecinos negros y blancos defendieron a una familia inmigrante de clase trabajadora contra la deportación. Ahora, la fuerza laboral multirracial y multiétnica de la industria automotriz estadounidense está entrando en una batalla contra los gigantes del sector y los sindicatos corruptos.

Trabajadores de AT&T el mes pasado en Nashville, Tennessee

A su vez, las encuestas muestran un apoyo creciente de la población al socialismo—o sea, la unidad política consciente de la clase obrera a través de los límites y las divisiones impuestas sobre ella. En estas condiciones, la élite capitalista estadounidense, tanto demócratas como republicanos, le tiene terror a una revolución social. Se está uniendo a sus pares de la clase dominante en todo el mundo para desplegar políticas sectarias, basadas en la raza, religión, nacionalidad, etnia o lenguaje para bloquear este desarrollo.

El Proyecto 1619 es un componente de un esfuerzo deliberado para inyectar política racial en el corazón de las elecciones de 2020 y fomentar divisiones entre la clase trabajadora. Los demócratas piensan que les será beneficioso trasladar el foco de atención puesto en la reaccionaria y militarista campaña anti-Rusia a la igualmente reaccionaria política racial.

El editor ejecutivo del Times, Dean Baquet, fue explícito en este sentido al decir a los redactores en una reunión grabada en agosto que la narrativa en la que se centró el periódico cambiaría de “ser una historia sobre si la campaña de Trump había coludido con Rusia y la obstrucción a la justicia a ser una historia más frontal sobre la personalidad del presidente”. Como resultado, se instruirá a los periodistas a “escribir más profundamente sobre el país, la raza y otras divisiones”.

Baquet declaró:

La raza y la comprensión de la raza debería ser una parte de cómo cubrimos la historia estadounidense … una razón por la que todos aprobamos el Proyecto 1619 y lo hicimos tan ambicioso y expansivo fue para enseñar a nuestros lectores a pensar un poco más así. En el año siguiente la raza—y creo que esto es, para ser franco, con lo que espero que salgan de esta discusión—en el año siguiente la raza va a ser una parte grande de la historia estadounidense.

Este hincapié en la raza es una imagen reflejada de la política racial de Trump, y tiene un parecido inquietante con la visión del mundo de los nazis, basada en la raza. El rol central de la raza en la política del fascismo fue explicado de manera concisa en el análisis de Trotsky de la ideología del fascismo alemán:

Para elevarla por encima de la historia, a la nación se le da el apoyo de la raza. La historia se contempla como la emanación de la raza. Las cualidades de la raza son construidas sin relación con las condiciones sociales cambiantes. Al rechazar el “pensamiento económico” como ruin, el nacionalsocialismo desciende un escalón más abajo: del materialismo económico recurre al materialismo zoológico. [3]

Hay muchos investigadores, estudiantes y trabajadores que saben que el Proyecto 1619 es una parodia de la historia. Es su responsabilidad tomar una posición y rechazar el intento coordinado, encabezado por el Times, de desenterrar y rehabilitar una falsificación reaccionaria, basada en la raza, de la historia estadounidense y universal.

Sobre todo, la clase trabajadora debe rechazar los esfuerzos para dividirla, que serán cada vez más feroces y perniciosos a medida que se desarrolle la lucha de clases. El gran tema de esta época es la pelea por la unidad internacional de la clase obrera contra todas las formas de racismo, nacionalismo y formas conexas de política de la identidad.

En las semanas y los meses venideros, la World Socialist Web Site informará sobre conferencias que serán organizadas por los Jóvenes y Estudiantes Internacionales por la Igualdad Social (IYSSE, sigla en inglés) para poner al descubierto la política reaccionaria y antiobrera y las falsificaciones históricas promovidas por el Proyecto 1619.

Concluido

[1] La New York Times Magazine, 18 de agosto de 2019, pág. 19.

[2] James P. Cannon , “The Coming American Revolution”, discurso pronunciado en la Duodécima Convención Nacional del Partido Socialista de los Trabajadores, en 1946.

[3] León Trotsky, “¿Qué es el Nacionalsocialismo?” disponible a https://www.marxists.org/archive/trotsky/germany/1933/330610.html" https://www.marxists.org/archive/trotsky/germany/1933/330610.htm

(Artículo publicado originalmente en inglés el 4 de septiembre de 2019)