Trump en El Paso: el culpable regresa a la escena del crimen

9 agosto 2019

Donald Trump regresó a El Paso, Texas, y Dayton, Ohio, ayer, la escena de dos tiroteos masivos la semana pasada que cobraron la vida de 31 personas. Estas visitas escenificadas fueron vistas por los ciudadanos de El Paso, Dayton y millones más por lo que realmente son: un intento deshonesto de Trump para evadir el hecho de que él instigó y carga con la mayor responsabilidad política por lo acontecido.

Después de que los oficiales demócratas saludaran a Trump en la pista de aterrizaje en El Paso y Dayton, las protestas de gran tamaño hicieron imposible que el presidente mostrara su cara en dos de los estados en los que ganó la elección de 2016. Ayer en El Paso, las enfermeras y doctores en los hospitales que están atendiendo a muchas de las víctimas firmaron una petición exigiendo que se prohíba el ingreso del presidente a las instalaciones.

El 29 de julio, el World Socialist Web Site respondió a las referencias de Trump de la ciudad de Baltimore como “una pocilga infestada de ratas y roedores” en los que “ningún humano quisiera vivir”. Horas después de los tiroteos de la semana pasada en Gilroy, California, el WSWS advirtió:

Las palabras tienen un significado y consecuencias. La denuncia de una ciudad estadounidense y sus ciudadanos por un presidente en funciones en términos tan explícitamente racistas no tiene precedente en la historia del país. Trump está jugando con fuego y lo sabe. Él y sus asesores creen que sus comentarios racistas no solo envalentonarán y movilizarán a sus simpatizantes en la ultraderecha. Trump también calcula que sus provocaciones explícitas recrudecerán el ambiente político ya inestable, con un potencial inmenso de generar violencia y crear condiciones que le permitirán invocar facultades dictatoriales para mantener la “ley y el orden”.

Trump, sin ambages, es un cómplice de los asesinatos. Pero el significado de los acontecimientos va más allá que el propio Trump. Los tiroteos y la respuesta a ellos marcan un punto de inflexión en la sociedad estadounidense.

El martes por la noche en la ciudad de Nueva York, el petardeo de una motocicleta causó que miles de personas entraran en pánico e hicieran una estampida en Times Square temiendo que se había iniciado otro asesinato masivo.

En una ciudad que se enorgullece sobre su valor y confianza, más de una docena de personas quedaron heridas según las personas huían desesperadamente hacia restaurantes e intentaban cruzar frente a vehículos en marcha. Una obra de Broadway sobre la novela Matar un ruise ñ or de Harper Lee fue detenida en media escena. Un actor, Gideon Glick, tuiteó:

“Detuvimos nuestro show esta noche porque el petardeo de una motocicleta fue confundido con una bomba o un tiroteo. Civiles gritando intentaron ingresar en nuestro teatro en busca de un refugio. La audiencia comenzó a gritar y los actores huyeron del escenario. Este es el mundo en el que vivimos. Este no puede ser nuestro mundo”.

Este es el ambiente que existe como resultado de una semana con tres grandes tiroteos. El hecho de que una motocicleta causara tal pánico en la mayor ciudad de EUA, a miles de kilómetros del último tiroteo muestra el estado desesperado de la sociedad estadounidense. Millones de personas en EUA e internacionalmente se han percatado de que algo anda profundamente mal.

Tales tiroteos son sumamente comunes en Estados Unidos. Más de una vez al día, generan un tremendo grado de nerviosismo e inseguridad. Los estadounidenses están asesinando a otros estadounidenses en números récord. Muchos temen que ellos mismos o sus queridos podrían ser las próximas víctimas indefensas de un tiroteo masivo.

La acumulación de tensiones sociales inmensas ha producido condiciones que propicias para una guerra civil. Dado el grado de confusión política y angustia, esto ha asumido con carácter patológico a nivel social. Sin embargo, para tratar las enfermedades sociales, se deben identificar primero las condiciones que las propiciaron.

Primeramente, el Gobierno estadounidense ha ritualizado la violencia estatal y emprendido treinta años de guerras permanentes. Ha desatado niveles sin precedentes de violencia en países como Irak, Yemen, Siria, Afganistán, Somalia, Libia y Pakistán. La policía, utilizando las armas de las guerras en el exterior, ha emprendido contra la población interna, matando a más de mil personas cada año con total impunidad. El discurso de la violencia estatal —incluyendo palabras como “matriz de disposición”, “shock y pavor”, “entrega extraordinaria” y “tiroteo involucrando oficial”— se ha desarrollado en las últimas dos décadas, expresando el grado en que se ha insertado la violencia en la vida estadounidense. Ahora, esta violencia está soplando de vuelta hacia la sociedad estadounidense con una fuerza extrema.

En segundo lugar, los niveles masivos de desigualdad social dominan todo aspecto de la vida política y social. Los ricos han adquirido fortunas nunca antes vistas y se han transformado en la élite gobernante más criminal y corrupta en la historia humana, acaparando un sinfín de dinero y premiando cada forma de criminalidad financiera.

Trump representa la combinación podrida de todos los elementos más criminales del capitalismo: Wall Street, la especulación de bienes raíces, los casinos, entretenimiento de TV, el ejército y prolongados negocios tanto con el Partido Republicano como el Demócrata.

En tercer lugar, la élite política se dedica a suprimir cualquier expresión progresista de oposición social a la desigualdad y las guerras. Ante todo, el aparato estatal, mediático y sindical persiguen la supresión de la lucha de clases.

Esto fomenta un profundo sentido de frustración y enajenación social. Tales fenómenos sociales amplios generan e intensifican las formas de psicopatía exhibidas por muchos atacantes.

No es una apología del fascismo reconocer que los tiroteos tienen raíces sociales. El fascismo, como escribió León Trotsky, es una forma de patología política—la política de la desesperación. Aquellos que participan en ataques fascistas emprenden misiones suicidas y no esperan vivir.

La ira social que existe entre las amplias capas de la población debe adquirir un carácter político progresista.

Otro proceso se está desarrollando a una estala internacional: el surgimiento de la oposición masiva en la clase obrera hacia la desigualdad social. La ola de manifestaciones masivas que inauguraron el 2019 —incluyendo en Estados Unidos, Argelia, Francia, Sudán y muchos otros países— se ha expandido.

En julio y agosto, hubo protestas masivas que involucraron porcentajes importantes de las poblaciones totales en Hong Kong y Puerto Rico, llenando las calles con personas de islas fuera de las costas de las dos mayores economías del mundo. La clase obrera está desempeñando un papel más prominente en estas manifestaciones, un hecho que sin duda ha estremecido los mercados internacionales. En semanas recientes, han ocurrido protestas de escala similar en recientes semanas en Honduras, Guatemala, Haití, Nicaragua y otras partes.

Una década después del derrumbe financiero y la recesión global de 2007-8, la clase obrera internacional de miles de millones está despertándose en todo el mundo. Datos recientemente publicados muestran que, en todos los continentes, el número de huelgas y manifestaciones grandes ha alcanzado un orden de magnitud más alto que en cualquier otro momento en el siglo veinte.

Para oponerse a la violencia fascista y sus facilitadores en el Gobierno de Trump, los trabajadores necesitan una perspectiva. La lucha contra el fascismo debe ser conectada con un programa anticapitalista, antiimperialista y socialista que atienda las necesidades sociales de la clase obrera internacional. La vida económica a nivel global debe ser arrebatada de las manos de la clase gobernante y reorganizada sobre una base planificada, racional y socialista. La riqueza de la aristocracia financiera debe ser expropiada y redistribuida según las necesidades.

(Publicado originalmente en inglés el 8 de agosto de 2019)

Eric London