El caso contra el actor Kevin Spacey se desmorona en la ignominia

por David Walsh
23 julio 2019

El fiscal de distrito de Cape and Islands, Michael O’Keefe, anunció el miércoles pasado la cancelación del proceso preliminar, por ataque sexual, contra el renombrado actor Kevin Spacey. En verdad a la fiscalía no le quedaba ninguna otra opción, ya que el acusador, William Little, desde hacía más de diez días se negaba a responder preguntas sobre un teléfono móvil perdido. Los abogados defensores insistían en que ese celular fundamentaba el argumento de inocencia del acusado.

Cuando el abogado de Spacey le preguntó a Little si entendía que borrar mensajes de texto pertinentes de su celular violaba la ley, Little, después de consultar con su familia y su consejero legal, se amparó en la Quinta Enmienda de la Constitución Estadounidense, que sostiene que uno no puede ser obligado a dar testimonio contra sí mismo. Con esa acción se detuvo el proceso preliminar. Se había acusado a Spacey de manosear al muchacho, quien en ese entonces tenía 18 años, muy de noche en un bar restaurante de Nantucket en julio 2016. En su defensa, el actor argumenta que lo que fue un coqueteo consensual.

Kevin Spacey en House of Cards

Thomas S. Barret, juez del tribunal de Nantucket había dicho el 8 de julio que el caso sería cancelado si el acusador seguía negándose a responder a las preguntas. Barret señaló que todo el caso giraba en torno a Little y que, sin él, al estado de Massachussets le sería muy difícil continuar.

Un comunicado del 17 de julio de la fiscalía de Cape and Islands explica: “El domingo 14 de julio de 2019 tanto el testigo acusador como sus familiares y su abogado, se reunieron en la oficina del fiscal para discutir el caso, en vista de la nueva situación [la negativa del acusador a contestar preguntas]. Se le dijo al testigo acusador que de seguir amparándose en la Quinta Enmienda, no era posible continuar con este caso. Después de pensarlo por unos momentos, en privado y acompañado por su abogado, el testigo acusador decidió seguir amparándose en la Quinta Enmienda”.

Como consecuencia, la fiscalía decidió Nolle Prosequi, la cancelación voluntaria de las acusaciones contra Spacey, “a razón de la ausencia de testigo acusador”.

Desde el principio, el caso de Spacey apestaba a revancha política.

En noviembre de 2018, Heather Unruh, madre de Little y comentarista de la TV local, anunció a platillos y bombos la acusación de Nantucket durante una rueda de prensa en Boston. Unruh declaró que deseaba “ver a Kevin Spacey en la cárcel. Deseo que él sienta todo el peso de la justicia”.

Ni la familia de Little, ni las autoridades han explicado cómo fue que tuvieron que pasar quince meses antes de que el acusador denunciara el supuesto ataque a la policía. La fecha, 31 de octubre 2017, el día de la denuncia, a sólo semanas del comienzo de la campaña de #MeToo y tan solo dos días después que el actor Anthony Rapp declarara en una entrevista que Spacey se le había insinuado inapropiadamente treinta años antes, a la edad de catorce años, cuando Spacey tenía 26, dando combustible a la cacería de brujas sexual.

En enero de 2018, después de haberse hecho oficial la acusación en 2019, la fiscalía declaró, fraudulentamente que Little había presentado su queja sólo tres meses después del acontecimiento inicial. Sin embargo, cuando era cuestionado por el abogado de Spacey, “el investigador principal del caso… declaró el lunes [8 de julio] que esa diferencia de un año, se debió a un error ‘dactilográfico’”. Uno tendría que pecar de ingenuidad en creer que la fecha posiblemente sospechosa de la acusación inicial de Little, poco después del alegato de Rapp, no fue fuente de preocupación para la policía y la fiscalía.

El hecho de que la fiscalía no haya podido presentar en tribunales este miserable caso es una humillación para las autoridades de Massachusetts y también para toda la cacería de brujas de #MeToo.

La cancelación del proceso contra Spacey ocurre poco después de la victoria del actor australiano Geoffrey Rush en un juicio por difamación contra el diario sensacionalista Daily Telegraph de Rupert Murdoch, y Jonathan Moran, quien escribe artículos sobre chismes de celebridades para ese periódico. El pleito respondía al reportaje de ese periódico de que Rush era culpable de comportamiento grosero hacia una actriz en la producción de El rey Lear, acompañado con la publicación de alegatos sensacionalistas que lo apodaban “Rey Lascivia”, “acechador sexual” y “pervertido”.

La campaña mccarthista de #MeToo se fundamenta principalmente en insinuaciones, chismes, y denuncias anónimas sin evidencias, azuzadas por el frenesí de los medios de difusión. Hasta ahora se han evaporado las denuncias a la luz de vigorosas investigaciones, como en los casos de Rush y Spacey.

El proceso de Nantucket representó un sucio papel en la destrucción de la extraordinaria carrera artística de Spacey. Descaradamente, FoxBusiness News, se lamentaba el miércoles que el caso contra Spacey se desmoronó. “Perdieron millones de dólares para Netflix y los productores de Hollywood que habían contratado al actor”. Por nuestra parte, no derramamos ninguna lágrima en simpatía con los cobardes ejecutivos de Netflix, productora de House of Cards, que inmediatamente empujaron al actor al abismo en noviembre de 2017. Entre esos cobardes y oportunistas también está Ridley Scott e Imperative Entertainment, quienes reemplazaron todas las escenas de la película All the Money In the World, en que aparecía el actor, con escenas regrabadas con Christopher Plummer.

Después de la decisión del fiscal del distrito de Cape Cod de abandonar el proceso, Rikki Klieman, “experta legal” del noticiero CBS declaró que el cancelar el juicio de ninguna manera significaba que Spacey había sido declarado inocente. La misma Klieman señaló: “Si un testigo acusador, supuesta víctima de un ataque sexual, se ampara en la Quinta Enmienda y por consiguiente no jura a nada; ¿en qué quedamos? No quedamos en nada”. ¿Cómo es posible que no sea una exoneración el hecho de que la fiscalía no tenga “nada”? A manera de explicación, Klieman dice: “La fiscalía estaba ante un caso en que, dado que la supuesta víctima… se amparaba en la Quinta Enmienda, no tenía ningún testigo de lo que había ocurrido”. La “supuesta víctima” se amparó en la Quinta Enmienda después de ser cautelado de que era ilegal borrar evidencia exculpatoria, la posibilidad que acepten su versión de lo “lo que había ocurrido” era mínima.

Para este momento, muchos rechazan la campaña de #MeToo, que nunca obtuvo una genuina aceptación pública. El reconocimiento colectivo de ensimismados artistas de cine, generalmente mujeres —en muchos casos años después de que ocurrieran los hechos— que para nada les agradó el tratamiento mezquino y maleducado que recibieron de parte de los ejecutivos de cine y de otras personas, o, peor aún, las cosas que ellas mismas habían aceptado hacer para avanzar sus carreras, no se ha transformado en un escándalo nacional ni en una gran causa popular que las masas hayan adoptado.

La campaña #MeToo y los que la pregonan, mantienen silencio con sobre las condiciones de los inmigrantes encarcelados, víctimas de una brutalidad sistemática, y, en muchos casos, de abusos sexuales.

No es ningún accidente que no estén interesados en las condiciones de las mujeres de la clase trabajadora.

Desde su comienzo, después de las elecciones del 2016, los sectores del Partido Demócrata y figuras mediáticas (como Ronan Farrow) que iniciaron la histeria en torno a abusos sexuales, tenían por objeto azuzar a sectores susceptibles de profesionales de clase media, desviando la atención de la crisis social y haciendo todo lo posible para impedir la creación de un movimiento de izquierda contra el Gobierno de Trump. La creación de #MeToo buscó sembrar un movimiento políticamente desorientado y endeble, anticlasista, “amplio” que los fanáticos militaristas como Hillary Clinton (la exjefa de Farrow en el Departamento de Estado) pudieran adoptarlo y promoverlo fácilmente, dándoles a los demócratas un espacio para respirar y permitiéndoles montar su oposición derechista a Trump, centrado en la campaña antirrusa y otras farsas.

La conspiración de los medios de difusión, la policía, la fiscalía y los grupos políticos contra Spacey devela el verdadero rostro, la verdadera dirección, de esa maniobra.

Otro índice de esta realidad social, específicamente del lado subjetivo e irracional de la cruzada sobre abuso sexual, fue la declaración de la actriz Alyssa Mirano, quien, el 15 de octubre del 2017, inició la campaña #MeToo, de que participará en su primera actividad del Partido Demócrata para recolectar dinero para la candidata presidencial Marianne Williamson, gurú de los libros de autoayuda e idealista extrema, una de los veinticuatro candidatos a presidente para el Partido Demócrata. En un artículo escrito en 1992, Martin Gardner, popular escritor sobre ciencia y matemática, señaló que Williamson cree que la “Voz” que describe Helen Shucman en su libro A Course in Miracles de 1976, vino de Jesús; que “nada ocurre fuera de nuestras mentes” y que “las enfermedades son ilusiones que en verdad no tienen existencia real”. Según el diario Los Angeles Times, una vez le dijo a un grupo de discípulos infectados con el virus de SIDA que “el Virus de SIDA no es más poderoso que Dios”.

Pese al revés en el caso de Spacey, la cacería de brujas de #MeToo indudablemente continuará. Ahora se critica la reciente aprobación por Netflix de un programa especial con el comediante Aziz Ansari y la noticia que el comediante Chris Hardwick vuelve al Comi-Con en San Diego. Una mujer acusó anónimamente a Ansarey de agresión sexual durante una cita. Hardwick encaró acusaciones de abuso, sin fundamento, de parte de una exnovia suya. No los absuelve de ataques a sus carreras que ninguno de los dos haya sido objeto de cargos penales.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 19 de julio de 2019)