El Primero de Mayo de 2018 y el bicentenario del nacimiento de Karl Marx

por David North
11 mayo 2018

El Primero de Mayo de 2018 cobra especial importancia, porque estamos celebrando no solo el día de la solidaridad obrera internacional, sino también el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx. No hay ni pizca de exageración en afirmar que, en el ámbito de la filosofía, la economía, la historiografía, la teoría social y la política, Marx es la figura más significativa de la era moderna. No hay otro pensador que haya ejercido una influencia tan grande, duradera y progresista, en el desarrollo de la conciencia social de la gran masa de la humanidad y su lucha contra la opresión y la explotación. El trabajo de Marx inició una nueva época en el entendimiento de la humanidad de las fuerzas objetivas que determinan el curso del desarrollo histórico, y por lo tanto hacen posible la lucha consciente de la clase trabajadora por la transformación socialista de la sociedad.

El Primero de Mayo de 2018 y el bicentenario del nacimiento de Karl Marx

Basándose en su refutación del idealismo objetivo de Hegel y la apropiación crítica de su metodología dialéctica, Marx fue capaz de desarrollar el materialismo filosófico y aplicarlo al estudio de la evolución socioeconómica y política del ser humano. Antes de Marx, hasta los pensadores más avanzados —sobre todo Hegel y Feuerbach, los más grandes de los predecesores inmediatos de Marx— derivaban las relaciones sociales y políticas de alguna clase de inspiración idealista, ya sea espiritual o intelectual. Hasta los más grandes pensadores materialistas del siglo XVIII, tales como Helvétius y el barón de Holbach, cuyos escritos desempeñaron un papel crítico en preparar el terreno para la gran Revolución Francesa de 1789-1794, creían que el medio social y político estaba determinado por la “opinión pública”, es decir, por el pensamiento. Pero la concepción idealista de que las relaciones sociales son el producto del pensamiento resulta contradicha por la realidad. Los seres humanos, en su existencia histórica real, nacen en el seno de las relaciones sociales predominantes, se confrontan con estas, y se adaptan inconscientemente a ellas.

Marx, el más grande de todos los filósofos materialistas, desveló el verdadero origen del pensamiento y de las concepciones ideológicas del hombre y, como explicaría más tarde Lenin de manera tan concisa, demostró que la “conclusión de que el curso de las ideas depende del curso de las cosas es la única compatible con la psicología científica” (Lenin, Collected Works, vol. 1, págs. 139-40).

En su elaboración inicial de la concepción materialista de la historia y su comprobación subsiguiente en la redacción de El Capital, Marx identificó —en medio de las acciones aparentemente descoordinadas de incontables millones de seres humanos, cada uno persiguiendo lo que creía ser sus propios intereses, impulsados por sus pasiones, ambiciones y aspiraciones contradictorias individuales— esas fuerzas objetivas, que operan separadas e incluso de manera independiente de la conciencia subjetiva individual, que subyacen a la estructura económica de la sociedad y la determinan.

Marx rechazaba cualquier recurso al subjetivismo idealista para explicar el desarrollo de la conciencia. Hasta las concepciones equivocadas acerca de la naturaleza de la sociedad tienen sus raíces en las condiciones objetivas que existen independientemente de los individuos, y son un reflejo de dichas condiciones. No se puede explicar la incapacidad del ser humano de percibir y comprender, con base en la observación directa, el carácter explotador de las relaciones sociales capitalistas, como un fracaso del intelecto individual. Más bien, surge del “carácter enigmático” adquirido por los productos del trabajo cuando asumen la forma de mercancías. Como mercancías, escribió Marx, “una relación social definida entre los hombres” necesariamente “asume, ante sus ojos, la forma fantástica de una relación entre cosas” (Capital, vol. 1, en Collected Works , vol. 35, págs. 82-83).

Marx y su amigo y colaborador de toda la vida, el genio Friedrich Engels, no “inventaron” el socialismo. La propia palabra llegó a estar en uso ya en la década de 1830. Saint-Simon, Owen y Fourier, en particular, pasaron a la historia como los precursores “utópicos” de Marx y Engels. A estos pensadores notables no les faltaba una perspicacia brillante para señalar los defectos de la sociedad existente ni propuestas para organizarla de manera más racional. Pero lo que sus concepciones no poseían era una explicación del proceso socioeconómico objetivo desde el cual el socialismo surgiría verdaderamente, y la identificación de la fuerza social que lucharía por su realización.

Como Marx recordaría más tarde, junto a Engels, “recomendamos en cambio el estudio científico de la estructura económica de la sociedad burguesa, como único fundamento teórico pertinente” para la lucha por el socialismo, y “explicamos en un lenguaje netamente popular, que lo que se trataba no era la imposición de un sistema utópico cualquiera, sino la participación activa y consciente en el proceso revolucionario social a que asistíamos” (Herr Vogt, en Collected Works de Marx y Engels, vol. 17, Moscú: 1981, pág. 79).

Al explicar el significado de su trabajo teórico, Marx, con exagerada modestia, identificó tres logros críticos e interrelacionados:

“Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases solo va unida a determinadas fases históricas del desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases” (Carta de Marx a Weydemeyer, 5 de marzo de 1852, Collected Works, vol. 39, pp. 64-65).

Mientras se acercaba el bicentenario del nacimiento de Marx, no hubo una escasez de evaluaciones por parte de académicos y periodistas de la importancia de su vida. El desastre económico de 2008 todavía está fresco en la memoria de todos. Solo incorregibles reaccionarios anticomunistas, cegados por el odio y la codicia, pueden negar la escala monumental del trabajo de Marx. Incluso la frase “¡Marx tenía razón!” ha estado apareciendo bastante a menudo. Los académicos más intelectualmente meticulosos han llevado a cabo investigaciones minuciosas para refutar ataques por parte de economistas burgueses convencionales sobre elementos críticos del trabajo de Marx, tales como la teoría del valor y su análisis de la tendencia de la tasa de ganancia a disminuir. Tal trabajo intelectual serio tiene que ser bien recibido y alentado.

Sin embargo, aun los más generosos reconocimientos del genio de Marx se ven limitados por esfuerzos por aislar su trabajo teórico de sus implicaciones políticas prácticas, es decir, revolucionarias y contemporáneas. Uno u otro aspecto del trabajo de Marx es elogiado como “relevante” para una comprensión de las condiciones económicas de nuestros días. Pero la apreciación de Marx como teórico de la economía es separada rígidamente del marxismo como teoría, programa y práctica de la revolución socialista mundial. Mucho de la discusión sobre la “relevancia” de Marx está dominado y distorsionado por esta separación estricta de las consideraciones sobre la crítica económica de Marx al capitalismo y el reconocimiento de la importancia perdurable del marxismo como el movimiento político internacional histórico y contemporáneo de los sectores más avanzados de la clase trabajadora para el derrocamiento revolucionario del sistema capitalista.

La separación de Marx, el “teórico económico”, del revolucionario socialista, tiene una larga historia. A lo largo de más de un siglo, incontables esfuerzos se han hecho para “recortarle la barba a Marx”, es decir, reconciliar a Marx con una u otra forma de ideología burguesa y reformismo oportunista pequeñoburgués. Eduard Bernstein se hizo con la oportunidad que se le ofreció con la muerte de Engels en 1895 para deslindar el marxismo de la revolución socialista y convertir al socialismo internacional en un movimiento para conseguir reformas sociales. A lo largo del siglo XX, las revisiones del marxismo fueron adoptando un carácter cada vez más reaccionario, sirviendo de manera más o menos abierta como medios de despojarlo de cualquier significado revolucionario verdadero y convertirlo en una apología del oportunismo nacional de los partidos socialdemócratas y estalinistas de masas y los sindicatos.

El ataque al legado de Marx fue facilitado por los esfuerzos continuos de los teóricos pequeñoburgueses para socavar y desacreditar los cimientos materialistas de su trabajo teórico. Ya en la década de 1890, apenas una década antes de su fallecimiento, varios profesores alemanes estaban deseosos de reconciliar la moralidad revolucionaria de Marx, basada en la lógica de la lucha de clases, con el “imperativo categórico” y suprahistórico de Kant. Desde el mismo comienzo del siglo veinte, reflejando la influencia creciente del irracionalismo filosófico sobre amplios sectores de la intelectualidad pequeñoburguesa, se atacó la insistencia de Marx en el carácter objetivo y gobernado por leyes del proceso histórico.

Pensadores tales como Georges Sorel y más tarde Henri De Man afirmaron que los trabajadores requerían la inspiración de mitos, no el conocimiento de las leyes objetivas que gobiernan el desarrollo de la lucha de clases contra el capitalismo, para inspirar la lucha por el socialismo. Se declaró que lo esencial para ganarse a los trabajadores al movimiento socialista era la percepción de las motivaciones psicológicas inconscientes, y no el análisis y la comprensión de las fuerzas económicas objetivas.

La trayectoria de los intelectuales pequeñoburgueses hacia el irracionalismo se combinó con un ataque a Engels que lo buscaban desacreditar como un materialista vulgar y positivista que supuestamente habría escondido los elementos individualistas y humanistas del pensamiento de Marx. Se elevó al “joven Marx” de los Manuscritos filosóficos de 1844 por encima del “viejo Marx” de El Capital. El principal objetivo del ataque —que ha persistido bajo la influencia de la filosofía de Nietzsche, el existencialismo, la disolución del materialismo con la pseudociencia freudiana que hizo la Escuela de Frankfurt, y el nihilismo irracionalista y antihistórico del postmodernismo— ha sido suprimir el contenido revolucionario esencial de la obra de Marx.

Las agencias de inteligencia del Estado capitalista no se quedaron al margen en la guerra ideológica contra el marxismo. El diario británico Independent, en un artículo publicado ayer, llama la atención sobre un documento de investigación de la CIA recientemente desclasificado. La agencia, revela el artículo, “leyó teoría postmodernista francesa y concluyó que se podría utilizar su cuestionamiento de las bases objetivas de la realidad para socavar la doctrina marxista de la inevitabilidad histórica. Millones de dólares fueron inyectados a organizaciones de vanguardia tales como revistas, editoriales y académicos seleccionados para promocionar las ideas postmodernistas y crear una centroizquierda, y así demarcar el límite exterior de las ideas respetables —más allá de la cual todo podría ser denunciado como una locura peligrosa y radical…”.

La separación del teórico Marx y el revolucionario tiene que conducir a la falsificación, en primerísimo lugar, de la biografía de Marx. No se puede entender a Marx, el pensador, separado de su desarrollo político y su actividad como revolucionario. Como observó Franz Mehring en su biografía de Marx, “No cabe duda de que la talla incomparable de Marx se debe en no poca medida al hecho de que, en él, el hombre de ideas estaba indisolublemente ligado al hombre de acción, y que los dos se complementaban y apoyaban mutuamente, el uno al otro” (Karl Marx: The Story of His Life, pág. xiii).

Ya en marzo de 1843, Marx le escribió a Arnold Ruge: “Los aforismos de Feuerbach me parecen incorrectos solo en un aspecto, que él se refiere demasiado a la naturaleza y muy poco a la política. Ello, con todo, es la única alianza por la cual la filosofía de nuestros días puede volverse realidad” (Marx-Engels, Collected Works , vol. 1, pág. 400). Esta no fue una frase dicha de paso, sino la clave para entender la relación esencial entre la filosofía y la política tanto en el trabajo de Marx como en el mundo contemporáneo.

En sus Tesis sobre Feuerbach, Marx escribió: “El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir la verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica es un problema puramente escolástico” (Collected Works, vol. 5, pág. 6).

La filosofía, separada de la política revolucionaria, la lucha contra la opresión del hombre por el hombre, es especulación ociosa, sin significado progresista. Pero la política sin una firme base en la teoría revolucionaria y el conocimiento de su desarrollo a lo largo de la larga historia del movimiento obrero internacional y la lucha por el socialismo, solo puede llevar a improvisaciones impotentes y a traiciones rotundas.

Marx murió el 14 de marzo de 1884 a los 64 años de edad. Hablando ante su tumba, Engels describió a su querido amigo y camarada de armas como un “científico”. Pero, añadió, “ello no era ni siquiera la mitad de él”. Marx, declaró Engels, “era, antes que nada, un revolucionario. Su misión real en la vida era contribuir, de una u otra manera, a la supresión de la sociedad capitalista y las instituciones estatales que ésta había producido, contribuir a la liberación del proletariado moderno, siendo Marx el primero en hacerlo tomar conciencia de su propia situación y de sus necesidades, conciencia de las condiciones para su emancipación. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito tales como pocos podrían rivalizar” (Reproducido en Reminiscences of Marx and Engels, Moscú, pág. 349).

Marx, el hombre, murió hace 135 años. El marxismo —entendido como la aplicación de la metodología materialista dialéctica e histórica al estudio de las condiciones socioeconómicas objetivas en constante cambio; como una ciencia de la perspectiva política revolucionaria orientada hacia la conquista del poder político por la clase trabajadora, el fin de la explotación capitalista, la abolición del sistema de Estados-nación y el establecimiento de una sociedad socialista a escala mundial —solo puede entenderse en su relación con el desarrollo histórico de la lucha de clases y el movimiento socialista internacional.

Engels escribió que, con cada avance en las ciencias naturales, el materialismo tiene que cambiar de forma; es decir, tiene que incorporar en su entendimiento del universo materialista los más recientes avances en la física, la química, la biología evolutiva, y las matemáticas. De igual manera, el marxismo, como una ciencia dedicada específicamente al estudio de la sociedad capitalista, se desarrolla a través del examen continuo de los cambios críticos en el modo de producción capitalista a escala mundial y mediante la participación en las experiencias de la lucha de clases a escala internacional, y su asimilación crítica. Todas las invocaciones de la “dialéctica” que excluyen este elemento crítico del marxismo, que ignoran o tratan por encima las lecciones de las luchas revolucionarias del siglo pasado, no son más que un ejercicio de palabrerío huero y charlatanería política pequeñoburguesa.

La celebración del bicentenario del nacimiento de Marx es de una importancia política revolucionaria genuina solo en la medida en que se base en todo el desarrollo histórico del marxismo. A lo largo del siglo XX, la clase trabajadora pasó por experiencias históricas monumentales: de guerras imperialistas, de revoluciones y contrarrevoluciones. El marxismo no existe en lo abstracto, o como un conjunto de conclusiones formuladas hace más de un siglo. Más bien, existe como el movimiento real que representa la continuidad de la lucha consciente en el seno de la clase trabajadora para desarrollar el programa, la perspectiva y la práctica de la revolución socialista mundial. En 1938, León Trotsky fundó la Cuarta Internacional, en oposición revolucionaria a la burocracia estalinista contrarrevolucionaria, cuyas traiciones habían llevado a derrotas catastróficas para la clase trabajadora.

A lo largo de 80 años, la Cuarta Internacional vivió luchas tumultuosas, no solo contra las organizaciones y los partidos contrarrevolucionarios de las burocracias estalinistas y socialdemócratas, sino también contra las muchas formas de oportunismo, centrismo y pseudoizquierdismo que reflejan las presiones de la clase capitalista y del imperialismo en la clase trabajadora. Es en la lucha contra todas esas fuerzas que la Cuarta Internacional, conducida por el Comité Internacional, ha defendido y desarrollado el marxismo.

Mientras celebramos el Primero de Mayo de 2018, hay cada vez más indicios de que ha empezado una nueva época de luchas revolucionarias de la clase trabajadora. Como sucede de costumbre, la aparición de la clase trabajadora en la escena de la historia llega de sorpresa —sobre todo para los representantes de la pseudoizquierda y los académicos antimarxistas cuyas concepciones intelectuales y políticas se basan en el rechazo total de la clase trabajadora como una fuerza revolucionaria y, por lo tanto, en una creencia no menos total en la permanencia del capitalismo—.

Pero todo lo que es “irracional”, todo lo que existe desafiando las necesidades del desarrollo progresista de la civilización humana, es “irreal”. Es decir, está condenado en virtud de sus propias contradicciones insolubles al olvido de la historia. La historia le ha impuesto esta condena a la sociedad capitalista. Hay que hacer cumplir esta condena. ¿Ha habido alguna vez otra clase dirigente que haya mostrado señales tan evidentes de parasitismo social, desorientación política, agotamiento intelectual y colapso moral? Comparados con la mafia internacional de oligarcas de nuestros días, que controlan y consumen una vasta porción de la riqueza producida por el trabajo de miles de millones de personas, la burguesía de la época de Marx casi parece una respetable fraternidad de filántropos. Las afirmaciones de los reformistas decrépitos como Sanders o Corbyn según las cuales se puede persuadir a los oligarcas capitalistas con frases dulces para que acepten una distribución más equitativa de la riqueza no son más que ilusorias. Como preguntó Trotsky una vez, ¿en qué son mejores los llorosos llamados a la decencia de los ricos que el rezar para que llueva? No hay otra manera de ajustar cuentas con la clase que posee y controla los medios de producción y las redes financieras globales, junto con las gigantescas maquinarias militares, las agencias de inteligencia y las fuerzas policiales que la revolución socialista. Pero ¿esto es posible?

“Al llegar a una fase determinada de desarrollo”, escribió Marx, “las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes … De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en sus ataduras, y se abre así una época de revolución social” (Marx Engels Lenin on Historical Materialism, Moscú: 1972, pág. 137). Esas palabras, en el sentido más profundo e inmediato, definen la situación histórica que enfrenta el capitalismo de nuestros días.

Por toda su riqueza y poder, las élites gobernantes van tambaleándose de crisis en crisis. El ascenso de Trump en Estados Unidos es la expresión más visible y malsana de la degeneración universal de la clase capitalista. Pero el ascenso de Trump no tiene un significado meramente simbólico. A lo largo del siglo XX, y especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos han funcionado como el garante último de la estabilidad y supervivencia del sistema capitalista mundial. Es incapaz de seguir desempeñando ese papel por más tiempo.

Durante el último cuarto de siglo, el capitalismo estadounidense —que intenta compensar, mediante operaciones militares, las consecuencias de su largo declive económico— se ha vuelto el epicentro de la inestabilidad geopolítica y financiera. Dentro de esta situación, el resurgir de la lucha de clases en Estados Unidos tiene una importancia histórica inmensa. El crecimiento significativo de la lucha de clases dentro de Estados Unidos infundirá a la clase trabajadora internacional una confianza renovada en la posibilidad de derrotar al imperialismo, y con ello acelerará el proceso de la radicalización obrera global.

Las leyes de la historia, proclamó Trotsky al fundar la Cuarta Internacional, son más poderosas que el aparato burocrático. Ese pronóstico ahora está siendo confirmado. La clase trabajadora está en el proceso de sacudirse los grilletes impuestos por los viejos sindicatos reaccionarios y sus aliados en las organizaciones cínicas de la pequeña burguesía y la pseudoizquierda y su miríada de formas de la reaccionaria política de identidad. Las luchas verdaderamente progresistas y revolucionarias de esta época se basarán en las aspiraciones emancipatorias universales de la clase trabajadora, no en los esmeros egoístas de uno u otro fragmento de la clase media-alta por privilegios basados en identidades.

¡En este Primero de Mayo histórico, el bicentenario del nacimiento de Karl Marx, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional proclama con orgullo que el trotskismo es el marxismo del siglo XXI! Hacemos un llamamiento a todos nuestros oyentes en todo el mundo, a los cientos de miles de lectores del World Socialist Web Site: ¡uníos a nuestras filas! ¡Construid nuevas secciones de la Cuarta Internacional! Participad en la lucha por la victoria de la clase trabajadora y el establecimiento de una sociedad nueva y verdaderamente humana, basada en los principios genuinamente socialistas de la solidaridad internacional y la igualdad de toda la humanidad.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 6 de mayo de 2018)