Abstención y crecimiento de la pseudoizquierda y la derecha de tendencia fascista dominan elecciones chilenas

por Andrea Lobo
22 noviembre 2017

Se anticipaba que el expresidente chileno, Sebastián Piñera, el tercer hombre más rico del país y el candidato presidencial para la coalición ultraderechista Chile Vamos, quedara cerca de alcanzar la mayoría necesaria para regresar a la Moneda en la jornada electoral del domingo. La mayoría de las encuestas lo mostraban alcanzando entre 40 y 45 por ciento de los votos.

Sin embargo, a medida que se anunciaban los resultados preliminares, la fiesta en los cuarteles de la campaña de Piñera se vio eclipsada por la anticipación de un camino empinado hasta la segunda ronda el 17 de diciembre contra el oficialista Alejandro Guillier, el senador y candidato de la coalición socialdemócrata y estalinista, la Nueva Mayoría.

La carrera presidencial ha puesto en relieve la enorme brecha entre la élite política y la clase obrera chilena. Con un padrón electoral de 14,3 millones, la abstención alcanzó 53 por ciento. De la minoría que votó, 36,6 por ciento (2,4 millones) lo hizo por Piñera y el 22,6 por ciento (1,5 millones) por Guillier. El mayor viraje fue hacia Beatriz Sánchez del pseudoizquierdista Frente Amplio, que alcanzó el tercer lugar con 20,3 por ciento (1,3 millones) de los votos.

En su discurso el domingo, Guillier dijo que ambas, la democristiana Carolina Goic y Sánchez lo llamaron para felicitarlo, sugiriendo que lo respaldarán en la segunda ronda.

Otro desplazamiento significativo fue el de más de medio millón de votos o casi 8 por ciento por el candidato de tendencia fascista, José Antonio Kast, un demagogo antiinmigrante que defiende abiertamente el legado de la dictadura respaldada por Estados Unidos de Augusto Pinochet (1973-1990), la cual asesinó, torturó y encarceló a decenas de miles de jóvenes y trabajadores chilenos.

El domingo, Kast inmediatamente se arrojó detrás de Piñera para la segunda vuelta, quien también ha apelado al fundamentalismo cristiano y al ejército a lo largo de su campaña, y aceptó públicamente el apoyo de Kast el lunes. Piñera “hará realidad nuestros anhelos más fundamentales y firmes”, declaró Kast.

La mayor parte de la cobertura por parte de la prensa corporativa se ha enfocado en los resultados del Frente Amplio, retratando a la coalición como la próxima “izquierda” oficial y repitiendo que “merece celebrar”. Esta reacción refleja un suspiro de alivio de que el gobierno burgués podrá apoyarse contra un nuevo flanco de “izquierda” para desviar el enojo de cada vez más trabajadores y jóvenes hacia todos los partidos tradicionales.

Esta fue la primera ronda electoral desde que la presidenta Michelle Bachelet promulgara su reforma electoral del “sistema binomial”, el cual favorecía la elección de un legislador para cada una de las dos mayores coaliciones por distrito y relegaba a partidos menores. El nuevo “sistema proporcional” fue introducido por el Gobierno en gran parte como una respuesta a una serie de escándalos de corrupción alrededor de las elecciones pasadas, involucrando incluso al hijo de la mandataria.

La nueva legislación también rediseñó varios distritos electorales, impuso un mínimo de 40 por ciento de mujeres en la lista de candidatos y limitó el financiamiento empresarial de las campañas. El objetivo manifiesto era revertir la dramática caída en la participación electoral que ya estaba teniendo lugar, la cual se ejemplifica por el descenso de 87 a 50 por ciento entre las elecciones de 1989 y las del 2013.

El resultado fue el contrario. El aumento incorporado en la ley de las bancas en el Senado de 38 a 43 (y a 50 para el 2021) y de diputados de 120 a 155 fue recibido con disgusto por muchos. La revista Economist cita una reacción común en Chile de que la “reforma” sólo significaría “más payasos para el circo”.

En general, los resultados del domingo manifiestan un crecimiento continuo en la oposición hacia los grupos de poder establecidos, especialmente hacia la coalición oficialista, la cual ha gobernado el país por la mayor parte de las tres décadas desde el final del régimen de Pinochet. Más allá de los pequeños cambios que le han hecho al marco económico de extrema liberalización de Pinochet, los socialdemócratas y estalinistas, que también controlan a la burocracia sindical, han defendido la ininterrumpida acumulación de riqueza de los mismos grupos económicos, mientras que han dejado a la gran mayoría de los chilenos encarando condiciones económicas precarias.

La Nueva Mayoría ya había perdido a una facción entera de su coalición, los democristianos (PDC), como producto de su pérdida de apoyo popular. Pero, el domingo, también vieron su número de diputados caer de 67 a 43 y de senadores de 21 a 15. En comparación, Chile Vamos aumentó sus bancas a 73 diputados y 19 senadores, y el Frente Amplio pasó a tener 20 escaños en la cámara baja y uno en el Senado.

Los oficialistas hicieron campaña basándose en la defensa de las reformas del Gobierno de Bachelet, principalmente su aumento de la tasa impositiva sobre las empresas del 20 al 27 por ciento, ostensiblemente para financiar la educación terciaria universal. Pese a que nuevas becas para estudiantes empobrecidos han beneficiado a 280 000 jóvenes, la expansión universal del programa todavía está siendo discutida en el Congreso. Bajo su mandato, también se aprobó la legalización parcial del aborto y las uniones civiles para parejas del mismo sexo.

Después de llegar al poder prometiendo reformas profundas, con el apoyo de la burocracia sindical dominada por el Partido Comunista y la pseudoizquierda, las medidas de Bachelet han sido una completa decepción. Piñera, por su parte, ha amenazado con disolver completa o parcialmente las medidas sumamente limitadas implementadas bajo Bachelet.

El sistema fiscal del país todavía recibe el grueso de sus ingresos de un impuesto regresivo sobre el valor agregado del 19 por ciento, el tercero más alto de América Latina, mientras que la matrícula promedio para la educación terciaria es todavía una de las más caras en relación con el ingreso per cápita de la población. Sin embargo, el Gobierno ha podido reservar dinero para aumentar el presupuesto de defensa del último año a más de 2500 millones de dólares, lo que equivale al segundo mayor gasto militar en proporción con el producto interno bruto (PIB), después de Ecuador.

A lo largo del 2017, las fuerzas alrededor del Gobierno suprimieron protestas estudiantiles a favor de una educación gratuita, traicionaron la huelga de mineros de cobre en febrero y le dieron la espalda a la toma de las calles por parte de 2 millones de chilenos contra los fondos de pensiones privatizados o AFPs. A su vez, esta respuesta ha profundizado todavía más la oposición social a la élite política, incluyendo contra la pseudoizquierda.

Asimismo, en el contexto de niveles extremos de desigualdad y una economía estancada siendo echada abajo por los bajos precios de las materias primas y la crisis económica global, el escenario está siendo preparado para una intensificación importante de la lucha de clases.

La mitad de los trabajadores en Chile ganan menos de 400 dólares por mes, y hasta el percentil 95 de la población, el nivel de ingresos por familia permanece aproximadamente por debajo de los 1500 dólares o un millón de pesos. Sin embargo, es a este punto que la curva de ingresos toma un giro brusco. Según el Banco Mundial, el 5 por ciento restante recibe el 51,5 por ciento de todo el ingreso de Chile, situándolo como el país más desigual de la OCDE.

Por encima de cualquier miserable reforma, tal nivel de desigualdad de ingresos significa que al menos el 95 por ciento de la población no tiene una representación política auténtica. Un estudio del economista Fernando Leiva publicado en el 2015 reporta que los ingresos de un puñado de 20 grupos económicos constituyen el 52,6 por ciento del PIB chileno. El documento luego detalla el prologando apoyo del conglomerado más importante del país, el grupo Luksic, a la Nueva Mayoría.

Según El Mostrador, este periodo de desaceleración económica también ha visto un gran aumento del capital financiero en el país. La capitalización bursátil, informa, alcanzó el 82 por ciento del PIB en el 2015, y tan solo 13 grupos económicos controlan dos terceras partes de esta cantidad. El profesor de la Universidad de Cambridge, José Gabriel Palma, describe esta situación en términos fuertes: “Chile no es una economía de mercado. Es una economía de grupos de mercado, en que grandes conglomerados extraen renta por medio de la concentración oligopólica”. Cabe añadir que tal extracción y la extraordinaria acumulación de ingresos proceden del trabajo no remunerado de la clase obrera chilena.

La desigualdad de ingresos es particularmente polarizada dentro de este 5 por ciento pudiente. Por ejemplo, solo el 0,1 por ciento en la cima recibe casi dos quintas partes de los ingresos de este 5 por ciento, equivalentes a 18 por ciento del ingreso nacional.

La lucha enconada por una distribución más favorable de la riqueza dentro de este 5 por ciento se ha visto reflejado en formaciones como el Frente Amplio, el cual ha combinado un populismo de izquierda con nacionalismo y política de identidades (de género, sexualidad, etnicidad, etc.) en procura de mayores privilegios para estas capas sociales.

Al mismo tiempo, sea por medio de una mayor presencia en la burocracia sindical o en el Congreso, la preocupación principal del Frente Amplio es desarmar políticamente a los trabajadores chilenos a fin de defender sus privilegios, los cuales dependen, en última instancia, de los niveles explosivos de desigualdad en manos de la oligarquía financiera chilena y la élite financiera en EUA y Europa.

Sus voceros, Sebastián de Polo (Revolución Democrática) y Karina Oliva (Partido Poder) declararon en abril de que no son una organización de “izquierda”, rechazando el término en su totalidad, sino una coalición “ciudadana”. Tales juegos de palabras buscan ofuscar que su orientación política es defender los intereses de la clase capitalista. De forma similar, sus copensadores en España, Podemos, quienes felicitaron al Frente Amplio por sus resultados de lunes, también han insistido en que rechazan “la política entre izquierda y derecha”, como lo afirmó su dirigente Pablo Iglesias en el 2014, sino que se ven como los defensores de la “ciudadanía”.

El analista de la Universidad de Santiago, René Jara, le indicó a la agencia noticiera AFP que el resultado electoral “reconfigura completamente el paisaje político chileno”. La votación, dijo, le dio al Frente Amplio un “poder negociador muy fuerte para la segunda vuelta”, añadiendo que, pese a su renuencia a apoyar a Guillier, “están obligados a hacerlo porque si no serán los responsables de una vuelta de Piñera”.

La única forma de enfrentar los ataques sociales y políticos de la burguesía contra los trabajadores, provengan de partidos burgueses tradicionales o de formaciones nuevas pseudoizquierdistas como Podemos, Syriza, el Frente Amplio, entre otras, es a través de la movilización política independiente de organizaciones obreras con base en un programa internacionalista y socialista.