Setenta años de la Partición comunal de Asia Meridional

17 agosto 2017

Hace setenta años, el 15 de agosto de 1947, los señores coloniales británicos de Asia Meridional le transfirieron el poder a un gobierno indio “independiente” encabezado por el Congreso Nacional Indio (CNI, también conocido como el Partido del Congreso) de Jawaharlal Nehru y Mahatma Gandhi.

El día anterior, el virrey de India, Lord Mountbatten, se había reunido con el presidente de la Liga Musulmana, M.A. Jinnah, en Karachi para la inauguración de Pakistán como un Estado abiertamente musulmán. Pakistán fue forjado de regiones predominantemente musulmanas en el noroeste y noreste del Imperio Indio Británico, transformando a la “nueva” India en un Estado mayoritariamente hindú.

Sin embargo, por más de un milenio hubo musulmanes viviendo en todas las partes del subcontinente indio.

La Partición comunal fue uno de los mayores crímenes del siglo XX, un crimen que marcó y deformó la historia subsecuente de Asia Meridional.

La violencia intercomunal que le siguió cobró hasta dos millones de vidas de hindúes, musulmanes y sijs y provocó una de las migraciones más masivas en la historia humana.

Dentro de los próximos cuatro años, más de quince millones de personas, llevándose apenas lo que podían cargar con sus manos y hombros, migraron de un país al otro. Los hindúes y sijs se escaparon de Pakistán, mientras que los musulmanes huyeron India.

La Partición contravino tanto la geografía, la historia y la cultura de la región, como su lógica de desarrollo económico, incluyendo el uso racional de los recursos hídricos. Hace siete décadas, Asia Meridional era una de las regiones más integradas económicamente del mundo.

Los arquitectos de la Partición, incluyendo a Nehru, el primer ministro de la India independiente, proclamó que este proceso atenuaría las fricciones entre comunidades, si no acababa con ellas completamente. En cambio, lo que hicieron fue soldar el comunalismo religioso en las estructuras estatales de Asia Meridional, aumentando así su fuerza y alcance.

Las élites del Pakistán musulmán y la supuestamente secular India han promovido el comunalismo y sus parientes ideológicos —el fundamentalismo religioso y el sistema de castas— como formas para redirigir la ira social en una dirección reaccionaria y dividir a la clase obrera.

La rivalidad estratégico-militar entre India y Pakistán tuvo su origen en este proceso, derrochando recursos vitales y hoy día amenazando al pueblo de Asia meridional con una aniquilación nuclear. Durante las últimas siete décadas, ambos países han luchado tres guerras declaradas, varias otras que no fueron declaradas explícitamente y numerosas crisis militares.

El CNI, hasta hace poco el partido preferido de la burguesía india, siempre se presentó a sí mismo como la víctima de la Partición, retratándola como una más de las maniobras del imperialismo británico y la Liga Musulmana.

No cabe duda que los británicos emplearon tácticas de “dividir y conquistar”, como con la categorización comunal de su sistema de control imperial, y que la Liga Musulmana conspiró con los administradores coloniales en India.

Sin embargo, hubo razones fundamentales de clase por las que el CNI nunca batalló en contra de estas artimañas comunalistas, o porque traicionó su propio programa de unidad hindú-musulmana-sij y de una India “unida, democrática y secular” al imponer la Partición. Esto incluyó colaborar de cerca con los comunalistas extremos, el hindú Shyma Prasad Mukherjee y el sij Master Tara Singh, en el desgarramiento de Bengala y Punjab.

El CNI burgués era hostil hacia y orgánicamente incapaz de movilizar a los trabajadores y oprimidos de Asia Meridional con base en sus intereses comunes de clase para unificar a toda la región “desde abajo”.

La burguesía india, cuyos intereses proyectaba a través del CNI, sufría bajo control británico porque éste limitaba sus oportunidades para explotar a la clase obrera. Bajo la dirección de Gandhi, llevó a cabo una serie de movilizaciones de masas estrechamente controladas y políticamente emasculadas entre 1920 y 1942. Pero, entre más se incorporaban los trabajadores, más buscaba el CNI un acuerdo con el imperialismo.

Especialmente después de la experiencia del movimiento “Abandonen India” de 1942, el CNI temía que las luchas de masas obreras y campesinas se salieran de su control y que el conflicto contra el Raj británico (la ley colonial en el subcontinente) pasara a manos de fuerzas más radicales que atentaran contra la propiedad capitalista.

Entre 1945 y 1947, India se vio colmada de luchas de carácter prerrevolucionario, incluyendo huelgas de masas, movilizaciones antiimperialistas, combates directos contra la policía y el ejército en los centros proletarios de Calcuta y Bombay y una sublevación de los marineros de la Armada Real India.

Conforme se unían más las masas a las protestas, los líderes del CNI buscaban con mayor impaciencia tomar el aparato represivo colonial en sus propias manos para poder estabilizar el dominio capitalista. Con este fin en mente, negociaron con los británicos, quienes reconocían la necesidad de cambiar de un control imperialista directo en Asia Meridional a uno indirecto. Sin embargo, también pretendían explotar las divisiones comunales y sus relaciones clientelares con la burguesía musulmana y terrateniente para empujar un acuerdo favorable que le permitiese cortarle las alas al CNI y a la burguesía india.

El hecho de que el CNI pudo mantenerse a la cabeza y finalmente suprimir el movimiento antiimperialista de masas que hizo convulsionar a toda la región durante las tres décadas previas a agosto de 1947 se debió a las traiciones de la burocracia estalinista en la Unión Soviética y sus acólitos indios del Partido Comunista de India (CPI).

Ignorando deliberadamente todas las lecciones centrales de la Revolución de Octubre de 1917, los estalinistas reforzaron en todo momento el dominio de la burguesía nacional sobre el movimiento antiimperialista y previnieron que la clase trabajadora desafiara la dirección de las masas campesinas. Por ejemplo, aclamaron al CNI como un frente pluriclasista; apoyaron la represión del movimiento Abandonen India en 1942 por parte de las autoridades británicas en India porque estaban comprometiendo los esfuerzos de guerra de los Aliados; y apoyaron la reaccionaria demanda de la Liga Musulmana de un Pakistán separado.

Durante los levantamientos de 1945-47, los estalinistas insistieron en que la clase obrera debía subordinar sus intereses y luchas a la construcción de un “Frente Nacional” que asegurara la independencia india bajo la dirección compartida del CNI y la Liga Musulmana. No les importó que estas organizaciones anduvieran a la greña, riñendo por obtener el mejor trato con el imperialismo británico.

La Partición fue sólo la expresión más inmediata e impresionante de la supresión de una revolución democrática por parte de la burguesía india y la pakistaní, un proceso que constituyó por sí solo un elemento crucial para la reestabilización del capitalismo mundial después de la Segunda Guerra Mundial. Ninguna de las demandas de las masas campesinas, comenzando por una transformación radical de las relaciones agrarias y la abolición del sistema de castas, fueron atendidas. En ambos países, la clase obrera estuvo condenada a seguir viviendo con salarios de miseria, e incluso apenas de subsistencias, sin protecciones sociales y con la amenaza inmediata de la represión estatal para aplastar sus luchas.

Se habla mucho en la prensa occidental acerca del “auge” de India. Pero, la burguesía india es incluso más reaccionaria y hostil hacia los intereses de los trabajadores y oprimidos en India en el 2017 que hace setenta años.

La transformación del país en un centro de mano de obra barata para el capitalismo global durante el último cuarto de siglo sólo ha enriquecido a un estrato diminuto de la población. Siendo el país con la tercer mayor cantidad de personas con patrimonios mayores a los mil millones de dólares, tres cuartas partes de los 1300 millones de habitantes de India viven con menos de dos dólares por día.

De la misma forma en que Donald Trump personifica la criminalidad y brutalidad de la clase gobernantes estadounidense, la verdadera cara de la élite india es aquella de su primer ministro autoritario y supremacista hindú, Narendra Modi.

La tarea de Modi ha sido impulsar con mayor fuerza el crecimiento del capitalismo indio, en conjunto con sus ambiciones de gran potencia, mediante la aceleración de las “reformas” proinversionistas y el alineamiento indiscreto de India con el imperialismo estadounidense.

India es hoy un frente para la ofensiva estratégico-militar de EE. UU. contra China. Esta ominosa realidad está siendo acentuada por el peligro que el enfrentamiento fronterizo de dos meses entre India y China en el Himalaya se convierta en una guerra y por el apoyo a pleno pulmón que Modi les ha dado a las amenazas de Trump de incinerar a Corea del Norte.

Por décadas, la reaccionaria burguesía pakistaní sirvió como el sátrapa del imperialismo estadounidense y desearía seguirlo siendo. Sin embargo, Washington ha acogido a su archirrival de India, a pesar de que Pakistán haya alertado reiteradamente que esto ha desestabilizado peligrosamente toda la región, alimentando una carrera de armamentos corrientes y nucleares. Por ende, el cada vez más inquieto Islamabad ha estrechado sus históricas relaciones con Beijing.

De esta forma, la reaccionaria rivalidad indo-pakistaní, nacida en la Partición, se ha entremezclado con el conflicto sino-estadounidense, volviéndose mutuamente más explosivos.

Los trabajadores de Asia Meridional tienen que tomar las lecciones de las enormes experiencias estratégicas del último siglo, de la Revolución Rusa pero también de la supresión de la revolución democrática y antiimperialista por parte de la burguesía colonial en la región y del fracaso que ha sido el gobierno “independiente” capitalista.

La lucha contra la guerra tiene que ser liderada por la clase obrera y basada en un programa socialista e internacional. En todos los países de desarrollo capitalista tardío, es necesaria una revolución socialista, por medio del establecimiento de un gobierno obrero con el apoyo de las masas oprimidas, para liberarse del imperialismo y erradicar todas las formas de explotación heredadas del colonialismo y de los modos de producción precapitalistas.

Para llevar a cabo esta revolución, la clase trabajadora tiene que construir partidos con base en el programa de la Revolución Permanente como secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

Keith Jones