Cuatrocientos años desde la muerte de William Shakespeare—Parte 1

Y una conversación con James Shapiro de la Universidad de Columbia

por David Walsh
10 enero 2017

En el año 2016 se conmemoró el aniversario 400 de la muerte de William Shakespeare, autor de 38 o más obras de teatro, más de 150 sonetos y dos largos poemas narrativos. Shakespeare es una de las figuras más grandes de la literatura mundial. Sus obras, traducidas a todos los idiomas principales, siguen siendo más ampliamente interpretadas que las de cualquier otro dramaturgo.

Shakespeare contribuyó significativamente a cómo los seres humanos ven el mundo y cómo se comprenden unos a otros. Por supuesto, hay ideas y relaciones obsoletas en sus obras —nadie salta completamente de su piel histórica— también una fuente viva de comportamiento humano, noble, perverso, lujurioso, idealista, vengativo, codicioso, inquieto y cariñoso. Sus dramas son una educación.

William Shakespeare, retrato de Chandos (no se ha confirmado su autenticidad, National Portrait Gallery, London)

Escribió magníficas obras históricas, tragedias, comedias y, en la última parte de su carrera, lo que ahora se conoce como romances, algunos de ellos en colaboración con dramaturgos más jóvenes.

El dramaturgo introdujo cientos de nuevas frases y más de mil palabras al idioma inglés, que los hablantes de inglés contemporáneos, sin saber de su origen, utilizan diariamente. Cada vez que "rehusamos movernos una pulgada" (refuse to budge an inch), "rompemos el hielo" (break the ice), "esperamos conteniendo el aliento" (wait with bated breath), "llenamos el círculo" (come full circle) o "comemos a alguien fuera de su casa y hogar" (eat someone out of house and home), pagamos un tributo mundano al naturaleza indispensable de los esfuerzos de Shakespeare. Describió rasgos de la vida y de la personalidad humana de una manera fresca, indeleble.

Situando las cosas en un plano más teórico, en su obra,, "nuevos complejos de sentimientos y pensamientos" –frase de Trotsky– rompieron decisivamente "la concha que los separa de la esfera de la conciencia poética" bajo la influencia de un poderoso impulso: la decadencia del viejo orden social feudal que había durado siglos y el vertiginoso e inquietante surgir de la nueva burguesía. La belleza y el lirismo del lenguaje de Shakespeare, casi doloroso a veces, y la intensidad de vida y muerte de las emociones que él representa son una medida de la fuerza de ese impulso histórico. Lo mismo ocurre con la llegada a la escena de otros dos grandes dramaturgos, Christopher Marlowe y Ben Jonson, y una multitud de dramaturgos inmensamente talentosos.

Los personajes principales de Shakespeare son figuras imponentes porque su tema y propósito de vida, la emancipación personal, eran alta y revolucionaria en esa época. El Renacimiento, incluyendo el Renacimiento inglés, puso al individuo humano al centro de las cosas. Ahora ni era Dios ni la Iglesia quienes podían indicarle a hombres y mujeres cómo conducirse o hacer su camino en el mundo, un mundo a menudo caótico y cruel, y a la vez una fuente dinámica de infinita fascinación y posibilidad.

G.W.F. Hegel

El filósofo alemán Hegel, en su Estética, manda un mensaje claro sobre este punto. Sostiene que los personajes de Shakespeare no se basan "en algo más alto," es decir, lo Divino sino que, "inflexibles y sin doblar”,"descansan sobre si mismos y "en su firmeza" o se realizan o se destruyen. En las principales creaciones humanas de Shakespeare, escribe Hegel, "no hay ningún problema de sentimientos religiosos... o de moralidad como tal." En su lugar, somos testigos de individuos sobre el escenario quienes deciden sus propios fines, que son suyos... que ejecutan con una pasión lógica e inquebrantable." Macbeth, por ejemplo, en un principio "vacila, pero luego, se apodera de la corona, cometiendo un asesinato para conseguirlo, y atormenta todo tipo de atrocidades con el fin de poseerla. Esta firmeza imprudente, esta identidad del hombre consigo mismo y con su fin, derivan de su propia decisión, despiertan en nosotros un interés esencial."

Shakespeare escribió sobre reyes y reinas y arzobispos, y también sirvientes y payasos y tejedores. El Acto II de Enrique IV, Parte 1, una de sus obras más brillantes, comienza a las 4 de la mañana frente de un mesón en Rochester, cuando un mensajero (alguien que entregaba cartas y paquetes en un tiempo antes de que existiera un servicio de correo regular) se lamenta de las condiciones de su caballo. Un segundo mensajero entra y se queja de los "chícharos y frijoles" miserables con que alimentan a los caballos en la posada, la abundancia de pulgas en ella ("esta es la casa más malvada en toda la carretera Londres") y de la falta de inodoros. Un mozo de la caballeriza, fuera del escenario, promete venir a preparar a los animales. Un ladrón entra, etcétera.

Campanadas a Medianoche (1965), película de Orson Welles, basada en Enrique IV, primera parte

La obra de Shakespeare persevera en parte porque él brillante y claramente se deleitaba en la creación de este tipo de escenas "bajas" e "indecentes," —en las palabras de un actor escritor del siglo XVIII— así como también representaba confrontaciones elocuentes titánicas entre grandes personajes con títulos. Se enfrentó a la realidad de una manera universal abierta y sensual, que todo lo abarca, como cualquier otro artista en la historia.

La búsqueda implacable, la representación realista de la vida en todas sus dimensiones (James Shapiro a continuación hace referencia a la “honestidad implacable” de Shakespeare) en el teatro del Renacimiento inglés, en su conjunto a lo largo de más de la mitad de un siglo, tuvo un efecto cumulativo social incalculable. Frente a grandes audiencias que incluían a los plebeyos, Shakespeare y otros escritores presentaban en gran detalle circunstancias que mostraban a menudo a los monarcas, príncipes y princesas, duques, cardenales, dignatarios y demás, en muchas situaciones innobles. Los autores no eran conscientemente subversivos, pero sus dramas mostraban un espejo veraz de la sociedad inglesa, y esto ayudó a debilitar el orden social en los acontecimientos revolucionarios convulsivos de la década de 1640.

James Shapiro

James Shapiro (nacido en 1955), profesor de la Universidad de Columbia en la ciudad de Nueva York, es uno de los escritores más notables expertos en Shakespeare de nuestros días. Ha escrito cinco libros sobre los temas de la materia o relacionados a esta: Dramaturgos rivales: Marlowe, Jonson, Shakespeare, (Rival Playwrights: Marlowe, Jonson, Shakespeare, 1991); Shakespeare y los judíos (Shakespeare and the Jews, 1996); 1599: Un año en la vida de William Shakespeare (1599: A Year in the Life of William Shakespeare, 2005); Testamento impugnado: ¿Quién escribió Shakespeare? (Contested Will: Who Wrote Shakespeare? 2010); y El año de Lear: Shakespeare en 1606, (The Year of Lear: Shakespeare in 1606, 2015).

James Shapiro (foto: David Walsh)

Sus obras son el producto de investigaciones exhaustivas. Para su libro sobre la vida de Shakespeare en 1599, el año en que el dramaturgo escribió Enrique V , Julio César, Como gustéis y Hamlet, por ejemplo, Shapiro se impuso la tarea de leer "casi todos los libros escritos en 1599 Shakespeare podría haber consultado, siendo de su propiedad o tomados prestados o encontrados en algún puesto de libros de Londres." Su enfoque le permitió a Shapiro "reflexionar sobre los acontecimientos de ese año —grabados en cartas contemporáneas, sermones, obras de teatro, poemas, diarios, relatos de viajeros, y los registros oficiales— que influyeran en la vida y la obra de Shakespeare."

Los resultados son a menudo fascinantes y reveladores. Shapiro crea un cuadro vivo de la vida social inglesa, con un énfasis particular en los acontecimientos políticos cruciales de esa época y las influencias de estos en las obras de Shakespeare.

Hay elementos intrigantes en todos los libros de Shapiro, especialmente los tres que van dirigidos a un público más amplio. Testamento impugnado contiene una gran cantidad de material sobre la "controversia" de la autoría de las obras de Shakespeare, una controversia que es mantenida viva en gran parte por razones políticas e ideológicas. Shapiro identifica las perspectivas esenciales y antidemocrática de los principales "negadores Shakesperianos," e intenta llegar al fondo de qué fue lo que llevó a algunas personas bastante inteligente y a menudo muy perspicaces, incluyendo a Mark Twain, Henry James y Sigmund Freud, entre otros, a unirse a sus formas de pensar.

El año de Lear es sobre el año 1606, los doce meses en que Shakespeare escribió tres de sus más grandes tragedias, Rey Lear, Macbeth y Antonio y Cleopatra. Una gran parte de libro de Shapiro examina el impacto de la Conspiración de la Pólvora (Gunpowder Plot), frustrada en noviembre de 1605 y, durante los meses siguientes, la represión brutal de los conspiradores, un grupo de católicos ingleses que tenía la esperanza de reventar con bombas al rey James I (James VI de Escocia), un protestante, y a toda la élite política y religiosa del país. La subida del rey escocés al trono inglés en 1603, al morir Elizabeth sin hijos, había producido la "unión de las coronas" (Inglaterra, Escocia e Irlanda). Shapiro argumenta persuasivamente que los eventos trascendentales y ominosos de 1603-06 le ayudaron a escribir Rey Lear, en que la "división de los reinos" es el gran resultado destructivo, y a Macbeth, que por supuesto tiene que ver con el "asesinato del rey escocés."

Más que nada, quiero concentrarme en algunas de las cuestiones que Shapiro plantea en el prefacio, en el prólogo y en la totalidad de 1599: Un año en la vida de William Shakespeare, porque me parece a mí que es el cimiento de sus obras, y que nos dan tanto de pensar. Tal enfoque también ayudará, o así espero, a con la entrevista que se publica a continuación.

Shapiro, profesor de Columbia, establece claramente desde el principio su intención de contar "una buena parte de la historia social y política," la única forma para conectarnos con "el sentido de la profundidad de su obra y de su envolvimiento en esos tiempos." Esta singular noción separa a Shapiro del "complejo industrial-posmodernista," cuyos trabajos tienen por objeto el alejamiento y rechazo sistemático de tales consideraciones.

Shapiro explica que su libro "es a la vez acerca de lo que los logros de Shakespeare y de las experiencias del pueblo en los tiempos de Isabel” de 1599, porque los dos procesos son “casi inextricables.” En un párrafo especialmente potente y provocador —dadas las actuales condiciones intelectuales— el autor comenta: “La atracción de Shakespeare era precisamente porque él penetraba profundamente los grandes temas del día. Ciertamente, el propio Shakespeare veía su arte de la siguiente manera: ‘el propósito de actuar,’ escribe en Hamlet, es el de "mostrar... la misma edad y el cuerpo de su tiempo su forma y presión" (show… the very age and body of the time his form and pressure).

Continúa Shapiro diciendo que 1599 fue "tal vez el año determinante" del "desarrollo de Shakespeare como escritor," y que 15 años antes, cuando había comenzado su proyecto de investigación, “No sabía lo suficiente acerca de los momentos históricos en los cuales las obras como Como gustéis y Hamlet fueron escritas y con qué se relacionaban.” Por lo tanto su obra evoluciona de esta "frustración." Al final Shapiro muy seria y satisfactoriamente se propuso encarar su ignorancia histórica.

El lector, si está lo suficientemente interesado, debería leer 1599y su relata de episodios como el intento del ejército inglés de aplastar la rebelión de Irlanda, el regreso del conde de Essex desde Irlanda después de su fracaso militar, la nueva amenaza de la Armada española, la fundación de la Compañía de la India del Este y de la creciente ansiedad por la sucesión real.

Conde de Essex

En un capítulo fascinante, Shapiro traza una conexión intensa entre la represión política bajo la reina que envejecía y el acto de escribir Julio César; dice: "Ninguna obra de Shakespeare sufrió tanta censura y silenciamiento como la que estaba escribiendo durante esos meses" de 1599. Y añade unas páginas más tarde donde dice que, "Algo extraordinario comenzaba a suceder cuando Shakespeare escribía Julio César en la primavera de 1599. Los distintos aspectos de la política, el carácter, la interioridad, eventos contemporáneos, y hasta las propias reflexiones de Shakespeare acerca del arte de la escritura comenzaron a influenciarse unas con otras."

Después de un debate acerca del conde de Essex y de su destino, entretejidos como estaban con el debilitamiento y la disminución de la "antigua nobleza" y su "cultura de honor," Shapiro escribe: " Hamlet, nacida en el cruce de la muerte de la caballería andante y el nacimiento de la globalización, está marcada por estas fuerzas ... Estas proyectan una sombra sobre la obra ... y claramente informan sus reflexiones a la posibilidad de una acción heroica. También refuerzan la nostalgia de la obra: hay un sentimiento en Hamlet de un cambio cultural, oceánico y radical, de un mundo que está muerto, pero aún no enterrado."

Hay otros dos puntos más en la conversación con el Dr. Shapiro, y siento la necesidad de mencionarlos aquí porque me parecen estar preñados de consecuencias, y no simplemente de literatura.

En primer lugar, Shapiro, En su conversación de Julio César, después de la hacer la observación de que el dramaturgo "nació en una Inglaterra, que se hallaba entre dos mundos," profunda y elegantemente escribe: "Desde el principio de su carrera como dramaturgo y poeta, Shakespeare se halló compulsivamente atraído por las situaciones de su época, por lo que significaba vivir a través de la transformación de tantas cosas que le eran familiares." Casi queremos añadir, ¡y esta fue la clave de su genio!

La frase legítimamente le gusta a Shapiro tanto así que también la aplica a la escritura de Hamlet, afirmando que "Shakespeare una vez más se siente atraído por la época, a los tiempos de cambios profundos, a los finales que fueron también son inicios." Señalando a la Reformación – que en sí fue un episodio de "la larga lucha de la burguesía contra el feudalismo" (Engels) –y la muerte de la vieja religión, el catolicismo, el autor señala que "la sensibilidad de Shakespeare a los tiempos de cambios de la época es a la vez extraordinaria y comprensible." Hamletnos da una idea acerca de, "lo que significa el vivir entre un pasado familiar y desconcertante y un futuro incierto." Todo esto nos transmite el significado de las poderosas influencias que determinan la vida social, "los grandes temas del día," del arte y del artista.

Hamlet

En segundo lugar, Shapiro plantea una idea valiosa, en mi opinión, sobre el camino riguroso y exigente de la carrera artística que Shakespeare tomó, que también corresponde a los esfuerzos intelectuales y morales de todo serio esfuerzo.

Shapiro comenta que a Shakespeare hasta un cierto momento —que seguramente ocurre alrededor de 1599— "le fue posible escribir obras de teatro que gustaban a espectadores de todo tipo," pero no obstante se siente "frustrado por los límites impuestos de lo que le permitían escribir." Su deseo era "experimentar ... luchar contra los problemas sociales, históricos y políticos que eran cada vez más complicados ... sacudido por las exigencias de escribir obras que complacieran a todos. "

¿Debería adaptarse a los varios gustos y opiniones de una porción u otra del público para satisfacerlos? Shapiro escribe: "La forma en que Shakespeare resuelve este dilema de escribir obras de teatro que agradaran a la corte tanto como al público en general no le resultó. En lugar de buscar el denominador común más bajo, decidió escribir obras de teatro cada vez más complicadas, y eso hizo que ambos grupos de aficionados al teatro batallaran más que antes para entenderlas."

¿No es éste el arduo camino tomado por los individuos más visionarios e históricamente ambiciosos de todos los campos, es decir, ser más sensibles a las corrientes subterráneas objetivas, que aún no son visibles para un gran número de personas?

En noviembre hablé con James Shapiro en su oficina en la Universidad de Columbia, donde ha enseñado durante 32 años. Le pregunté acerca de su interés en la historia de Shakespeare sobre la que él ha hablado en otras entrevistas. Él me explicó que le había sido "forzada la historia de Shakespeare en la escuela secundaria y en la preparatoria Midwood, en Brooklyn, Nueva York" y a pesar de contar con "un muy buen maestro, la odiaba." Como resultado de esa infeliz experiencia inicial, nunca tomó un curso en la universidad sobre el dramaturgo.

Shapiro agregó: "Cuando escribo y cuando pienso en Shakespeare, el público ideal que tengo en mente se compone de los que nunca fueron a la universidad, que se sienten alejados y ajenos a Shakespeare. Soy testaduro. Siempre trato de alcanzar a un tipo diferente de público, aquellos quienes comparten esa confusión que yo todavía recuerdo."

Su actitud cambió después de su encuentro con el teatro británico en los años 1970 y 1980, "que siempre celebraba a la Gran Bretaña de la posguerra. Quizás porque estaba viendo obras de historia, quizás porque vi Coriolano de Ian McKellen en 1984 o quizás porque se trataba de obras de teatro en el Teatro Nacional donde realmente se empieza a entender cómo los gobernantes autoritarios llegan al poder ... fue una educación sin suscribirse a las clases."

A lo largo de varios años, que dejaba cualquier "trabajo de mala muerte" que tenía en Nueva York "e iba a Londres en agosto a ver 25 obras en 25 días. Así que después de seis años más o menos, había visto entre 150 y 200 obras de teatro ... Este fue un tiempo de teatro increíble, con grandes directores. El gobierno seguía subvencionando el teatro de significativamente, aunque la autoridades no se sentían del todo cómodas con el contenido de las obras. Fue una época antes de que existieran HBO o Netflix, los cuales llegarían a robarse grandes talentos, o en todo caso Hollywood ... Así que tuve la gran fortuna de vivir en esos tiempos."

Ian McKellen en Coriolano, 1984 (foto: mckellen.com)

Le pregunté qué camino lo había llevado enseñar Shakespeare. Contestó que fue a la Universidad de Columbia como estudiante universitario, en la que "yo no fui un estudiante muy bueno", y después fue a la Universidad de Chicago como estudiante graduado ("donde tampoco allí fui muy buen estudiante"). Él sabía que sería maestro de algo porque "todo mundo en mi familia era maestro."

Pasó un año dando clases en la universidad de Dartmouth, "y yo era un maestro muy bueno, sobre todo cuando tenía como 25 años, pero me dijo el vicepresidente del departamento que ya tenían un Shakesperiano judío y que no podían con dos." Le dije a Shapiro que no estaba sorprendido de que la política fuera así en Dartmouth, pero sí me sorprendió que el vicepresidente del departamento fuera tan abierto al respecto.

"Bueno, dijo él que no era nada personal; simplemente así era la costumbre en Dartmouth. No lo dijo con pena, mas tampoco con placer; Simplemente así era la realidad. Enseñé durante dos años en Goucher College en los suburbios de Maryland. Columbia ofrecía una posición temporal. Nadie había conseguido trabajo fijo en este departamento durante toda una generación. El venir aquí sólo significaba perder la seguridad de la vida en Baltimore y volver a Nueva York y la enseñanza de grandes estudiantes. Obtuve la permanencia siete años más tarde y he estado aquí 32 años.”

He aquí el resto de nuestra charla:

David Walsh: Usted habla en dos ocasiones en sus libros acerca de no escribir de una manera impenetrable y de tomar una decisión de atraer al público en general. No estoy descubriendo un secreto al sugerir que ésa no es una tendencia común. El material posmoderno, postestructuralista que leo es impenetrable, deliberadamente impenetrable e inaccesible. ¿Sentía usted que luchaba contra la corriente, o no, en ese momento?

James Shapiro: en la Costa Atlántica de este país, las universidades privadas, a diferencia, por ejemplo, del sistema de la Universidad de California, no lo recompensan a uno por escribir un libro. Así que si usted va a escribir un libro, usted va a hacerlo por su propio gusto o porque le apasiona el tema, porque quiere decir algo y alcanzar a un tipo particular de público. Eso es muy liberador. Quiere decir que si va a escribir un libro, tiene que ser lo suficientemente bueno para convencer a un editor comercial a invertir en marketing, ventas, edición, impresión, etc. Significa que servirá a diferentes amos y tendrá un tipo diferente de presión. También significa moverse del el agua salada de la prosa académica al agua fresca que la gente pueda beber.

DW: Lo entiendo, pero aun así es una decisión consciente de escribir para un público popular.

JS: Sobre todo, intentaba tratar de hacer preguntas que al mundo académico no le interesaban pero que me importaban enormemente a mí. Así que escribí un libro llamado titulado Shakespeare y los judíos. Estaba interesado en hacerlo en parte porque a esos tiempos la santísima trinidad académica: raza, clase y género, no permitía preguntas sobre religión y teología. Al mismo tiempo tenía yo una razón muy personal. Estaba viviendo con, y poco después me casé, con una mujer católica irlandesa. Nunca nadie se había casado fuera del judaísmo en mi familia. ¿Qué mejor manera de explorar la identidad judía que sumergiéndome en un libro al respecto?

DW: Usted escribe en el prefacio de 1599: Un año en la vida de William Shakespeare, "Shakespeare tiene un atractivo universal precisamente porque él vio profundamente los grandes temas del día." Ese es un punto tremendamente importante para mí.

JS: Intente eso con un público académico.

DW: ¡Eso es exactamente mi punto! Eso es sin duda nadar contra la corriente.

JS: Creo que eso sucede en muchas aulas, pero creo que la profesionalización de los estudios literarios en nuestra vida ha significa que la gente no escribe sobre eso, lo que nos hace regresar a la política y presiones de las universidades.

La BBC introdujo una serie de actores y directores, y para mí —creo que yo era el único que no era actor en ese grupo de charla— hablar por cuatro minutos acerca de nuestro personaje favorito de Shakespeare. Los organizadores estaban nerviosos. Me dijeron: "Oh, lo sentimos, Hamlet y Lear ya están escogidos."

Les dije: "Ninguno de ellos se me había ocurrido.” El personaje del que yo hablé era un tipo que Shakespeare ni le había dado un nombre en el Rey Lear. Él es simplemente el primer mozo, un tipo que ha mantenido la boca cerrada y la cabeza baja su vida entera, mas al ver a Gloucester ser cruelmente cegado por el Duque de Cornwall, le dice. "Detenga su mano, mi señor." Y continúa, "El mejor servicio que le he dado, es rogarle a Ud. que se detenga."

En otras palabras: "No haga eso [el cegamiento]. Yo le he servido desde que era un niño, y he mantenido la boca cerrada." Es realmente un momento de diferencias de clase. No tiene nombre. Estoy seguro que Su Señoría no sabe ni quién es. Efectivamente se matan entre sí. Vivió por un momento para hacer algo bueno. Él es un barómetro.

En otras palabras, puedes empujar a la gente hasta un punto en que consideren lo que lo que has hecho es moralmente tan censurable que abandonan todo lo que antes creían, cruzan las barreras de clase, sacan un arma y dicen: "Aquí me revelo." Este es el personaje del que creí que valía la pena hablar.

Continuará